Tres hijos y 40 kilos ganados y perdidos… Me sentía más patito feo que mamá atractiva.

Holly, 30

“Aunque bromeo acerca de ello en mi club de adelgazamiento, creo
que lo que me pasó puede servir de moraleja, ya que soy una de
esas mujeres que se dejan de cuidar.

Nunca había estado gordita de adolescente, pero al quedarme
embarazada engordé mucho. ¡Comía por 4 y no por 2! Después de
tener al primero, el segundo y el tercero vinieron seguidos y,
con cada bebé, engordé y engordé sin parar. Llevaba ropa de
embarazada para no tener que admitir lo grande que me había
vuelto, y me acostumbré a que la gente me preguntara para cuándo
esperaba al siguiente. Pero no estaba embarazada, solamente era
glotona.

En mi peor momento, medía poco más de 1,50 y pesaba casi 100
kilos. Tenía obesidad mórbida. Las articulaciones me estaban
matando y mi médico me advirtió de que podría desarrollar
diabetes y no podría cuidar bien de mis hijos. Las cosas tenían
que cambiar.

Tardé 2 años pero bajé de peso hasta unos sanos 60 kilos y me
sentí estupenda, excepto por el pecho flácido y fofo. Insistía en
apagar la luz a la hora de desnudarme, odiaba ducharme y bañarme
porque tenía que ver mi cuerpo y no dejaba que mi pareja se
acercara al pecho. Manteníamos relaciones con el sujetador
puesto. Me estaba deprimiendo mucho y empecé a plantearme el
volver a engordar.

Una amiga del club de adelgazamiento me sugirió las prótesis y
confesó que ella ya se había operado, ¡aunque hizo jurar que
guardaría el secreto! Tenía un pecho fabuloso y de apariencia muy
natural. Me dio los datos de su cirujano y reservé cita para la
siguiente semana.

Un año después, finalmente parece que ha merecido la pena. Nos
fuimos de vacaciones por primera vez este año y me sentí muy
orgullosa de ponerme el bikini. Tengo algunas estrías y algo de
celulitis, pero nada me impide jugar al voleibol playa con los
niños… ¡y mi pareja no deja de mirarme!”

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